La prematura criatura rompe a llorar, sorprendida por el extraño cosquilleo del oxígeno inundando sus pequeños pulmones. Mamá coge con brazos cansados pero mirada tierna a ese ser humano de 49 centímetros y 3 kilos. La joven madre sonríe y acaricia con sumo cuidado la delicada mano de su hijita. Y de la forma más natural, el bebé apoya su cabecita en el pecho de su madre y escucha los latidos de su corazón. Rápidamente, su diminuto corazón comienza a latir al mismo ritmo que el de su madre. Las dos alzan los ojos, y el tiempo parece pararse. Un débil “te quiero” se escapa de los labios de la joven como el más suave de los susurros. Madre e hija están unidas de por vida. Pero de repente, alguien irrumpe en la habitación y se lleva al bebé.
Desde los primeros momentos de la historia de nuestro mundo, el ser humano se inventado fábulas, leyendas y mitos para explicar todo lo que le rodea. Todas estas incluían dioses, semidioses y seres fantásticos. Dioses como Zeus, Odín, Hades, Ra y compañía perduran hasta hoy en la mente del hombre. Tristemente, muchos sitúan a Dios en el mismo grupo considerando que el Dios descrito en la Biblia es una invención humana.
La película “Furia de Titanes”, a pesar de ser bastante poco ceñida a la verdadera mitología griega, aireó en la mente de muchos las peculiaridades de esta. En la película seguimos las aventuras de Perseo, hijo de Zeus y de una mortal, mientras intenta limpiar la superficie de la tierra de toda bestia inmunda dirigida por Hades. La película hace un excelente alegato ateo, afirmando el poderío del hombre y la sandez de los dioses. ¿Quién necesita creer en una multitud de dioses caprichosos, inmorales e incapaces de controlarse a ellos mismos? Nadie. Estorban. Pero no se puede decir lo mismo de Dios.
¿Por qué? Primeramente, porque un Dios tal y como se le describe en los textos bíblicos no puede salir de la imaginación de un ser humano. Zeus, por poner un ejemplo, está hecho a la imagen del hombre. Refleja la misma maldad y desatino existentes en el hombre. Un análisis detallado de la personalidad y de la vida de cada uno de estos dioses demuestra claramente su procedencia: la imaginación de una humanidad llena de maldad. El hombre crea a dios a su imagen y semejanza. Justo lo contrario de lo que se indica Dios, el cual no es creado ni a imagen ni a semejanza del hombre. Zeus y compañía han perdurado en el tiempo por su interés histórico y la belleza literaria de los relatos que protagonizan. Este no es el caso cuando se mira a Dios. La Biblia no es considerada especialmente por su belleza literaria, sino por el profundo contenido de cada una de sus líneas, las cuales proyectan la imagen de un Dios imposible de crear.
¿Podría el hombre imaginarse un ser tan perfecto, complejo y aparentemente lleno de amor como Dios? Si, pero curiosamente ninguno de los que pueden haber sido imaginados por el hombre han sobrevivido al implacable test del tiempo. El Dios creador y sustentador de todas las cosas tiene que tener algo más, algo que le ha hecho sobrevivir durante siglos.
En uno de los artículos anteriores, mencioné un versículo bíblico (Eclesiastés 3:11), que declaraba que Dios había plantado “eternidad” en el corazón del hombre. ¿Podría ser este el elemento que nos impide olvidarnos de Dios? ¿Podría ser la humanidad como el bebé arrebatado de los brazos de madre?
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